lunes, 4 de mayo de 2020

UNA PEQUEÑA HISTORIA


UNA PEQUEÑA HISTORIA
(Rapsodia existencial)
Describe tu aldea
Y describirás el mundo;
Describe el mundo
Y desnudarás tu alma;
Desnuda tu alma
Y desnudarás el universo.


I.                  EL UNIVERSO
En un principio era el caos,
Las tinieblas cubrían el abismo…
Más tarde fue la luz, la mar, las flores,
Diversidad de seres y de amores
Y, siglos después, más de lo mismo…
Así, querido amigo, en dos más dos.
Después, exhaustos ya los siglos,
Mi génesis y yo.


II.                YO
Y existo desde entonces yo, arrojado,
En esta simple historia;
Sin fuerzas, sin valor, como atrapado,
Sin pena verdadera y tan sin gloria.
En este cuerpo animado,
Alma encarnada y pasión de rojo,
Onomatopeya vital
De otros que le antecedieron,
Sólo veo carne nula
Que se pudre con el tiempo;
Que arrastra todo mi ser
Por el fango del olvido…
Se borrarán horas largas
Con el tiempo, que no existe,
Que es un “ahora” eterno, inmóvil,
Como el ser.
Un puñado de nervios y sangre
Que acumula experiencias,
Que alimenta angustias
O finge dichas y lame hiel.
Hiel amarga de existencia,
De duras inexperiencias,
De inmadurez progresiva
En un “siempre” inmutable y cruel.
Con un tendal de vivencias
Putrefactas e inmorales
Ante los ojos mortales
De otra carne como yo:
Un cúmulo de fracciones
De amor y libertinaje,
De invencible ignorancia,
De negro hedor e impotencia,
De veleidad de poder.
Y en la senda del seré,
Mis ojos perdieron el camino;
La rosa de los vientos se ocultó,
Otras manos forjaron mi destino.
Había bruma en mi ser dolorido
Y era grito de angustia
Arrojado con asco,
Escupido al camino,
Para que en tu minuto de hueca humanidad
Se hiciera carne en ti;
Para que en ese instante de leve vacuidad
Se hiciera sangre en ti.
Había luz en mi día claro
Y era vida parida al azar,
Existencia iluminada,
Un camino hacia la esencia,
Para transformar tu carne
Y mirar conmigo el siempre.
¿Y por qué esta soledad
Que me carcome los huesos?
Osteoporosis del alma,
Socava mi fuerza y mi paz,
No me da quietud ni calma.


III.              TU
Y entonces apareces de improviso
Cual Eva de un edén casi olvidado
Que, empero, regenera mis recuerdos,
Revive en mis entrañas el pasado.
Recrea mis vivencias y mis duelos,
Mis viejas frustraciones y mis sueños;
Lastima mis otoños con su ausencia,
Alegra mis mañanas con su risa,
Remueve mi letargo con su prisa,
Desnuda mis pasiones y mi esencia.
Descubrí el universo en tus ojos,
Recuerdos de esa aurora y esos rojos
Destellos tenues de tu tierna juventud.
Y entonces el recuerdo me devuelve
Aquellos pobres versos dedicados
En un poemario breve y escogido:
“Nada son veinte
“poemas de amor,
“nada una canción desesperada.
“Cuando alguien quiere
“como quiero yo,
“todos los poemas no son nada.
“No es nada el verso ni nada la palabra
“ni es nadie Neruda en este asunto.
“¿por qué te regalo, entonces, yo este libro?
“Porque sí, porque te quiero y punto.
Recuerdo que reíste y me besaste
Y yo gocé, feliz, de nuestro idilio…
Jamás imaginé que nuestros pasos
Terminaran camino del exilio.


IV.              NOSOTROS
Todo comenzó
Como comienza todo.
Luego, el tiempo me enseñó
Que es ese el único modo.
Vivimos días de dicha
Y siglos de hondo dolor…
Noches negras y cerradas
Y días de intenso sol.
Conocí tu vientre tibio
Y conocí tu traición…
(El mar sabe de la calma y
Sabe también del furor…).
Y juntos contamos los días,
Las estrellas y los vientos;
Juntos hicimos los hijos,
Juntos les dimos consejos,
Juntos gastamos la vida…
Juntos llegamos a viejos.
Y juntos hicimos el mundo
Cargado de angustia,
Colmado de pena,
Que en ti se hizo grito
Y en mí se hizo guerra.
Parimos violencia
Y nos destruimos.
Y ya no existimos
En aquel camino que tracé contigo.
Y fuimos violados
Y ni en el recuerdo tenemos morada:
Fuimos olvidados
Y de nuestro paso ya no queda nada.
Ni una huella triste marcada al pasar
De nuestra existencia gris, acelerada,
De nuestras ansias natas de dejar estela.
Y un pájaro yerto hoy se nos parece
Y el segundo breve de la breve opción
Hoy desaparece
Bajo las tinieblas de la oscura nada.
Sólo nos anima y late en nosotros
La leve esperanza de la redención.
A ti te debemos, a mí se me debe,
Esta triste destrucción:
Ya nada tenemos, ya nada sabemos.
Tan sólo nos queda
Esperar perdón.


V.                ELLOS, LOS OTROS (LOS LUGARES Y LAS COSAS)
Anduvimos el camino en soledad,
Pero en una soledad acompañada.
Estar juntos, codo a codo, en realidad,
Es frecuente que no quiera decir nada.
Estaban ellos, compañeros invisibles
De un camino de placeres y dolores,
Compartiendo silenciosos nuestras horas,
Las auroras y el perfume de las flores.
El cante jondo, Valle Inclán, Dalí, Picasso,
Serrat, Machado, Nuria Espert y algún pecado…
Buñuel, Gauguin, Sabina y Mallarmé.
Algunas dudas, Preseren, Kosovel,
Venecia, Bled, Pidal, Pelayo, Lorca,
Tu vientre tibio y el juego de la horca,
Miguel Hernández, Prevert y el postre helado
Que preparabas, tan rico y esperado.
El costumbrismo español, el pan y el vino,
Casto de Diego y Paco de Lucía,
Mi sueño en sol mayor, Bizet, Tchaikovski
Y los sabores que contigo compartía.
Y, en larga procesión, estéril y fecunda,
Lugares, fechas, hombres,
Los héroes y las tumbas,
Los números, los nombres,
Fantasmas y demonios,
Lo incierto y lo sagrado,
La yerma Patagonia
Y el fruto del pecado.
Vivaldi, Bach y el canto postergado,
Samuel Agnon y sus leyendas ya olvidadas,
El cielo compartido, el ruego denegado,
Los besos silenciosos, la fe disimulada.
Y vuelves siempre, Gauguin, hache de pé,
Con todo tu paquete de vivencias,
De cambios, de heroísmos y temores,
Suicidios fracasados, duda y fe.
Jugando con lo efímero y lo eterno,
Los planes y el vivir improvisado,
Lograste lo que pocos han logrado:
Gozar cual ciudadano del infierno.
Tahití, con sus demonios, selvas y desnudos,
Patagonia, tierra estéril,
Patagonia, fin del mundo…
Y sigues siendo, terrón que me ha parido,
La tierra gris que llevo en mis entrañas.
No se si tu existencia alberga algún sentido
O sólo es escenario de míseras hazañas.
Crecí, no obstante, oyendo cantos, cuentos,
Palabras, melodías y leyendas,
Viviendo fantasías e historias de la guerra
Contadas con pasión en otra lengua.
Y entonces con la leche
Materna, dulce, tibia,
Se cuela otra cultura por mis venas:
Es Europa que avanza despaciosa
Por los vasos capilares de otra tierra.
Llegaron los Rolling Stones,
Los Beatles, Mozart, Pink Floyd,
Leonardo, Plecnik, Gaudí,
Tartini con su violín
Y un Ménart, canto y pasión,
Deep Purple, vida, emoción,
En una orgía sensual
Sin principio ni final.
Amé ciento tres mujeres
En seis idiomas distintos.
Pagué caros los pecados
Dictados por mis instintos.
Aun no cancelé la deuda
Y sigo pagando a diario;
No se terminan las hojas
De este, mi cruel calendario.
El mar mojó mi piel blanca,
Hubo caviar y champaña,
Largas noches sin dormir
Y hasta algún tiempo en España.
Surgieron nuevas ideas
Cual palomas de galera
Y revueltas de estudiantes,
Dolina, Bioy, Ginastera.
Favio y Piero me cantaron,
Jetro Tull y algún desliz;
Grupo Uno y Opus Cuatro
Y un Yairó llamado Jairo…
… El alma sigue sedienta
Y no hay quien pague la cuenta.
El mundo me llama y yo voy como Ulises,
A Ulises lo engañan, me engañan a mí;
En mi alma desierta no hay tiempo de dudas;
Como un vagabundo total, me perdí.


VI.              ARMAGEDÓN
Sueño con convertirme
En un animal alado
Y alejarme raudamente
De este suelo envenenado.

Y así, vegetamos
Perdidos en un mundo
Que no nos da tregua
Ni pausa en la lucha.
Que no nos comprende,
Que no nos escucha.
Vivimos con temores,
Con odios, con guerras…
La duda existencial
Se torna banal:
Perdemos la conciencia
Por simple subsistencia.
Preguntas sin respuesta,
Respuestas sin sentido,
Impuestos sin servicios,
Servicios no pedidos.
Batallas profundas
Libradas por el alma,
Batallas frugales,
Eternas, cotidianas,
Que opacan el hoy,
Que ahogan el mañana.
Cual aves rapaces
Regresan y anidan
Y nada nos dan,
Mas todo nos quitan.
Pero en ese cruel camino, largo, ajeno,
No me ahorraron ni una pena ni un dolor;
Me bebí hasta el fondo la poción
Que me estaba destinada del veneno
De algún Hobbes con su amargo Leviatán:
Hombres lobos que en contienda sin final
Nos mordemos a matar o a morir
Para todos, finalmente, sucumbir.
¿Es que tendrá que volver
El flaco, eterno, barbudo,
Judío de Palestina,
Porque todos los demás
No hallamos la medicina?
Y así es como se suma la ley natural
A la ley del hombre, cruda y demencial,
Haciendo al humano perder la esperanza,
Herido de hastío, cubierto de llagas,
Violado en su esencia, sin voz y sin alma.
Vejado, sin consuelo, sin gloria y sin cielo.
Y así, todo termina en mar de conjeturas,
Dolor, ausencia, duelo, traiciones, soledad,
Pesar, contradicciones, mentiras sin piedad,
Heridas sin remedio, bravatas y bravuras.
Y mil palabras huecas, en vano pronunciadas
Y mil gotas de tinta, vanamente derramadas.
Cada voz, todas las voces, a los puercos arrojadas
Cual bíblicas margaritas, mustias y deshojadas.


VII.             POSTRIMERÍAS
¿Y qué quedó de aquello que fuimos y vivimos,
Por qué se nos escapa la fiesta de la vida?
¿No existe ya esperanza para los que nacimos?
¿Hemos perdido todo o hay algo todavía?
Tan sólo la poesía
De Lalo de Pablo
Luchando su lucha
Entre Dios y el diablo:
“Mas la existencia del hombre
“Es una tendencia al Ser;
“Es un negar el olvido:
“Ser hombre es tender a Dios.
Esperanza azul abierta
A este rojo actual, finito,
Limitado, impropio, impuro,
Efervescencia de soles,
Potencia de las potencias,
Aplastada por las guerras,
Pisoteada por los hombres,
Limitada por sí misma,
Negación de libertad,
Reina del libertinaje,
Descalza, tullida, manca,
Circunscripta, perseguida,
Apoteosis de pasión…
Pero hay una fuerza oculta:
“Llegar a ser”: ¡Liberación.!


Publicado en ESCRITOS DE FINIS TERRAE, 2011, Colección Patagonia Contemporánea, Editorial Jornada, Chubut, Argentina.

viernes, 10 de abril de 2020

HOMENAJE A BORGES


Hay tres poetas, en tres riberas
Que me han saciado de arte:
En la del Río de la Plata, el universal Jorge Luis Borges;
En la del Segura, el sufrido Miguel Hernández
Y el genial France Preseren, en la del Sava.

Este es un homenaje al primero de ellos.
El de los otros dos,
Aun está en el alma.




JUSTIFICACIÓN DE UNA AUSENCIA

En la eternal Helvecia
-Patria tan añorada-
Se me ha muerto como del rayo don Jorge Luis
-Pluma tan admirada-
(remedando a Miguel Hernández)

Génesis inevitable de conjeturas y desconcierto:
La muerte.
Puebla el error, empero, cada espacio conjetural.
Y así fue, cada palabra, vanamente pronunciada,
Cada gota de tinta, vanamente derramada.

La ausencia duele y confunde,
El vacío sin retorno desespera y angustia;
Aun así, me pregunto por qué
Tanta impudicia y crueldad
En aras de explicar un destierro…

Y es que no fue el desamor
Ni fue el inviolable destino;
No fue tampoco el consumirse al engendrar,
Todas, aproximaciones y espejismos.
No fue una cobarde huida
Ni un nuevo capítulo de otra porfiada búsqueda.
Menos aún, una mera etapa procesal de la existencia.

Fue, simplemente, aquella inquietante idea
Alumbrada tiempo atrás
E innumerables veces releída y repensada en secreto:
“… ¿Y para qué ser poeta en tiempos de penuria?...” n

n – Hoelderlin en “Brot und Wein”


LAS DOS PROFECÍAS


Ethine, reina de Tracia,
A quien cantara Jorge en inspirado vuelo;
Realeza nueva, sin aristocracia,
Nacida en surco al horadar el suelo.

Mas Luis se empecinó en hacerte prosa
Sin importarle pronunciar tu nombre en vano;
Así nació su conocida glosa
En aquel libro, tan divino cual profano.

Es Borges quien, sacrílego, pronuncia
Tu nombre sin temor ni miramientos.
No se cumplió la maldición que anuncia
El misterioso libro de los cuatro vientos:

Él mora entre nosotros, no se ha ido;
La profecía, pues, no se ha cumplido.


QUERIDO JORGE LUIS


En dos cosas acertaste solamente
Y, aún en ellas,
No fue total tu suerte.

Fue verdad que volverías a Ginebra,
Pero fue antes
De tu pretendida muerte.

No estás en Recoleta,
Tal como predijiste;
Y estás también allí,
Tal cual lo presentiste.
(Nadie puede decir
Que no estará en un lugar
Si no ha pensado antes
En estar).

¿Juego de palabras?
¿Adivinación y suerte?
¡Caprichos de la ruleta
En que giran vida y muerte!


CAPRICHO BORGEANO


Me han dicho, Jorge Luis, que te has marchado
Y es bueno que yo sepa que no es cierto;
Morar en otro mundo con los dioses,
No puede ser lo mismo que estar muerto.

El ostracismo estaba ya en tu mente
Cual rara pero firme vocación,
¿por qué afanarnos, pues, inútilmente
Buscando a tu destierro explicación?

Hoy sabes ya quién fue tu tercer hombre,
Vagando por las ruinas circulares;
Hoy sabes de los números, los nombres,
Las tierras misteriosas y los mares.

Has muerto y sin embargo sigues vivo;
Te fuiste y sin embargo estás aquí...
¿Será que vida y muerte son lo mismo?
¡Curiosa ubicuidad la del morir!


Poema premiado con el 2º Premio en el CONCURSO LITERARIO NACIONAL "DE LA PATAGONIA AL PAIS" (Diario Crónica, 1985). 
Publicado en ESCRITOS DE FINIS TERRAE, 2011, Colección Patagonia Contemporánea, Editorial Jornada, Chubut, Argentina.

miércoles, 8 de abril de 2020

FRANCISCO PIETROBELLI, FUNDADOR


Los buenos vinos y los cuentos comparten una suerte análoga de aromas y sabores. Resulta cautivante esa fragancia misteriosa con sabor a mito lejano e inaccesible que envuelve a los cuentos añejos y atemporales. Resultan tediosas, en cambio, las historias referidas a un pasado tan flamante que se esconde apenas a un palmo de nuestra contemporaneidad; huelen a simple lectura de diario de ayer o, peor aún, a no deseada lección de historia.
Debe ser verdad, por otra parte y si Borges no se equivoca, que “solamente los países nuevos tienen pasado” (Evaristo Carriego – Palermo de Buenos Aires), por lo que no tengo reparos en relatar estos hechos que me fueran confiados en una noche de vigilia, en la trasnochada semipenumbra de un bar y al calor de un porrón de ginebra. Están referidos al virtual fundador del pueblo1 que me vio nacer hace ya tantos años.
Según me aseguró el confidente, los manuscritos y crónicas de viaje atribuidos a Francisco Pietrobelli son apócrifos, compartiendo tal suerte con la propia génesis e identidad del autor. Su origen piamontés es apenas circunstancial; sus padres venían del Friuli y ya sus ancestros sufrieron la modificación del nombre de familia en aras de un exacerbado nuevo patriotismo. Eran eslovenos del Véneto y su abuelo se llamaba Peter Beli (traducido literalmente, Pedro Blanco). Su bisabuelo había sido alcalde de una de esas vecindades (sosednje) que fueran modelo de comunidad autogestionaria a orillas del río Natisone en el siglo XVIII. Una vez al año, se reunían los alcaldes de la región para discutir cuestiones de estado alrededor de una gran mesa de piedra, a la sombra de un robusto tilo. En 1805, los franceses irrumpieron con sus tropas invasoras, destruyendo tanto la organización política de los Landar como sus mesas y sus tilos. No obstante, el subsiguiente dominio napoleónico, que duró hasta 1813, trajo un gran auge cultural al flamante dominio francés -denominado Provincias Ilirias- que se extendía desde el Tirol hasta Dalmacia, con capital en Liubliana. La presión tributaria, en contrapartida, se hizo insostenible; había que financiar las aventuras militares del Gran Corso. Derrotado éste, la región se volvió a anexar al Imperio Austríaco de los Habsburgo y, muchos años después, pasó a formar parte de Italia. Nunca más fue autónoma ni eslovena, aunque sus pobladores, en su vida ordinaria, siguen hablando esloveno hasta hoy.

Despaciosamente, la comarca se fue colmando de pobladores venidos de las regiones italianas vecinas. Con el tiempo arribaron también gentes subsidiadas, provenientes de otras regiones más lejanas de la península, sobre todo del empobrecido sur, llegando a superar en número a la primigenia población eslovena, lo que produjo un superestrato cultural en toda esa parte del litoral Adriático y el interior adyacente, zona de exquisitos vinos y frescos olivares. En ese tiempo se modificaron muchos nombres de lugares y personas. Trst se convirtió en Trieste, Videm en Udine, Grad en Grado y así centenares de pueblos y aldeas. De la misma suerte, rebautizaron a Peter Beli, logrando una síntesis -Pietrobelli- que se convirtió en apellido para su descendencia.
Pero volvamos a la Patagonia y al relato que nos entretiene. Pietrobelli trabó profundo conocimiento y algo parecido a la amistad con los caciques araucanos y tehuelches de la región. Si digo algo sólo parecido a la amistad, es porque los miembros de la citadas etnias jamás harían amistad verdadera con un representante de los usurpadores, sin menoscabo y con prescindencia de la simpatía que pudiera inspirarles a título personal; es una ley de la sangre que aún se corresponde con el antiguo principio de hospes hostis.2 Sin embargo, salvo alguna transcripción fragmentaria de los extensos conciliábulos celebrados, los manuscritos genuinos de don Francisco habrían sido sustituidos por un relato nuevo y distinto, recreado a manu servus3 y conveniente a versiones interesadas de la historia. Los originales de esos manuscritos, amén de sus crónicas de viaje, contenían datos siniestros y condenatorios sobre hechos atroces ocurridos en la Patagonia en las postrimerías del siglo XIX. Pese a constituir un secreto muy mal guardado, pocos son los que se han animado a escribir sobre estas atrocidades y aún lo publicado echó más sombras que luces sobre la historia, contribuyendo al ocultamiento de la verdad verdadera.
Un dato clave de la verdad sería, por ejemplo, que Pietrobelli no alcanzó a ver el Golfo San Jorge. En vida, sólo llegó al valle de la actual comuna de Sarmiento, que lo deslumbró con su virgen potencial, tan parecido a la campiña de sus ancestros en la añorada llanura del Po, fértil enclave entre los Apeninos y los Alpes. Al llegar a Sarmiento, Pietrobelli estaba ya muy enfermo, preso de una extraña fiebre que lo mantenía postrado en su campamento, a pocos pasos del río. Cierto día, el toqui4 Painefilu -del linaje de los Calfucurá y Namuncurá- enterado de su enfermedad, le envió a su propia curandera y pitonisa personal, una Machi5 de mirada ausente y piel ajada cual añoso papiro; engañadora del Gualicho6 y conocedora de las palabras vedadas; ni los más ancianos sabían adivinar su edad. Llegó con una corte de lanceros, pero demasiado tarde; el expedicionario ya agonizaba abrasado por un fuego cruel y devastador. Ella, con su profunda y misteriosa sabiduría, reconoció inmediatamente los signos del apocalipsis personal de aquel portentoso aventurero, que supo ser un roble hasta esos días.
De los co-expedicionarios de don Francisco quedaban en el campamento apenas cuatro. Un par de ellos había regresado a Gaiman; unos pocos habían muerto durante el viaje. Entre los que quedaban más el séquito de la vieja india, incluidos ésta y el moribundo, sumaban once almas. Con uno más, podrían parodiar con mediano éxito a los confundidos apóstoles de la última cena, pero el que faltaba aquí, a todas luces, no era Judas.
Una vez muerto el caudillo, la permanencia en el lugar perdió sentido, pero nadie atinaba a hacer nada: ni a levantar campamento emprendiendo el regreso, ni a comenzar alguna actividad con el objeto de establecerse en el lugar. Los indios, pragmáticos y supervivientes, vieron en la inmensa cantidad de vituallas que había en las siete enormes carretas, una posibilidad de aprovechamiento para los suyos; entonces, los blancos se convirtieron en un estorbo.
A Pietrobelli lo embalsamaron en medio de un ritual en el que ofició de sacerdotisa doña Heka Guennake, tal el nombre de la hechicera. Sus condiciones chamánicas le previnieron acerca de la intención de los lanceros de matar a los expedicionarios: lo supo en un sueño, como todo lo que sabía. No me fue revelado si intentó impedirlo; de todas formas era tarde. Ya los aborígenes habían perpetrado el sangriento hecho, del que sólo Blas Cancler (“Cruento Sur”, cap.23) da testimonio. Heka no los amonestó, dado que, de acuerdo con el pensamiento fatalista de su cosmografía, carecía de sentido la pretensión de influir sobre los hechos, así como ensayar conclusiones morales sobre los mismos. Menos aún, juzgar lo consumado (si ocurrió, es porque así debía ser). Para ella, sólo se podía obrar sobre el presente y, aún ello, por intercesión de los dioses y no mediante la libre voluntad: las criaturas seríamos simples actores en una compleja obra escrita, dirigida y montada para escena por los dioses y sus sirvientes. Tal, su rudimentaria teología.

Los cuerpos sin vida fueron arrojados al río, dado que, al no pertenecer a la raza, no les correspondía la sepultura según la usanza moluche. Pietrobelli, en cambio, corrió distinta suerte. Los indígenas daban a los jefes y notables de otros grupos un tratamiento similar a sus pares; esto formaba parte de su protocolo y reglas del ceremonial. La vieja india tomó el mando (que por otra parte siempre había tenido, con excepción del hecho de sangre relatado) y dispuso que a don Francisco lo sepultaran mirando al mar y al septentrión, dado que de allí provenía. Así fue como llegó el expedicionario a la costa atlántica, pero, contrariamente a nuestras creencias, ya sin vida, cual añoso árbol que se ha talado y que servirá ahora para otros propósitos.




El viaje hasta el mar fue breve; apenas tres jornadas. Cuando llegaron, los dioses les regalaron un día luminoso y diáfano, con ese mar intensamente azul que sólo puede verse en estas latitudes. La vista desde el acantilado era extasiante. A Pietrobelli lo enterraron de pie, junto a su caballo, en lo más alto del Chenque7, mirando hacia el noreste. Apenas consumada la inhumación, se desató una tormenta infernal de vientos huracanados acompañados de lluvia, granizo y nevisca, que duró tres días con sus tres largas, interminables, noches. Al cuarto día, los aborígenes decidieron regresar a su patria chica, con el tranquilizador sentimiento de la misión cumplida. Camino de regreso hacia el Neuquén, levantaron el campamento que habían dejado a orillas del río Senguerr, llevándose una verdadera riqueza en vituallas y ropajes de las siete generosas carretas que habían pertenecido a la expedición.


Painefilu no fue informado de los pormenores del viaje y como jefe prudente, sabio y veterano, tampoco preguntó. Sólo se interesó por la salud de Pietrobelli. Todo lo demás, quedó oculto tras la sonrisa enigmática y arrugada de la hermética sacerdotisa de piel de papiro y ubicua sapiencia. Painefilu sabía que ella al menos había estado a la altura de las circunstancias. Por otra parte, lo acaecido llegaba a ser apenas una sombra, un pequeño detalle, en el proceso de devolución de favores a los blancos por todas las tropelías, tan cercanas al genocidio, de las que habían sido víctimas. Sabríamos más acerca de ello, si los escritos originales de Pietrobelli no se hubieran perdido.
Dada la ausencia de noticias en Rawson, los dos miembros del grupo colonizador que habían vuelto a Gaiman regresaron al valle del Senguerr. Inútilmente buscaron a sus compañeros y a su jefe. Ante lo infructuoso de su esforzada búsqueda, decidieron permanecer en el lugar, novel tierra prometida, A partir de esa decisión, y sólo a partir de entonces, comenzaron las operaciones de asentamiento. Con el tiempo se hizo imperiosa la búsqueda de un puerto de salida para los productos del fértil valle; ese fue el motor de la llegada al mar. Curiosamente, no hay precisiones sobre esa parte de la historia, tan actual como anónima. Ni siquiera se conocen los nombres de los dos fundadores; sólo sabemos que realizaron el proyecto trunco que Pietrobelli no pudo concluir, a pesar de que se le atribuye su consumación. Algunos, tal vez malintencionados, insisten en que la ausencia de crónicas se debe al analfabetismo de estos pioneros. Otros dicen que no había tiempo para registrar los hechos porque los acontecimientos se producían en una vorágine que sólo dejaba tiempo para la mera y elemental subsistencia.

Pero esas son discusiones marginales. Una vez más, la historia demuestra aquel arcaico principio de que la fuerza creadora está en el deseo y la intención, aunque sean inconscientes, potenciales y futuros; el resto, son simples herramientas. Mirando a través de la luz de la proyección de nuestros planes y su cristalización extemporánea, sabemos hoy que, de haber vivido, Pietrobelli hubiera buscado una salida al mar y hubiera fundado un asentamiento a sus orillas. Algo se interpuso para que no fuera así, pero lo revelado, lo que trascendió, fue lo que debía ocurrir, porque estaba programado en una mente, como todas, portentosa. Por otra parte, es sabido que la memoria cósmica sólo puede contener las líneas esenciales del devenir, no así las circunstancias. Si Pietrobelli debía fundar la ciudad, entonces la fundó: tiempo, espacio y corporalidad son ajenos a la esencia de los hechos y totalmente intrascendentes e ineficaces.

Notas:
1         Comodoro Rivadavia, Patagonia Argentina.
2        (= extranjero, enemigo) Locución latina que indica que todo extranjero es, en esencia, enemigo.
3        (= con mano de siervo) Locución latina; expresión con que se califica lo escrito con motivos mercenarios.
4        Cacique.
5        Chamán, curandero/a.
6        Espíritu del mal, también llamado Huecuvoé (“el viejo que merodea por fuera”), hermano del Chachao (“padre de la gente”). Ambos representan la bipolaridad mal-bien en la concepción de la deidad mapuche.
7        Chenque= cerro a cuyo pie creció la población de Comodoro Rivadavia En lenguaje autóctono significa cementerio; para nosotros, “cementerio de indios”.

Advertencia:
El presente relato es ficción. Si bien relativo a un personaje y a un marco históricos, constituye una recreación fantasiosa de la realidad y de los hechos.

Publicado en ESCRITOS DE FINIS TERRAE, 2011, Colección Patagonia Contemporánea, Editorial Jornada, Chubut, Argentina.

lunes, 6 de abril de 2020

COMO EL HUDSON



Por el camino del chamán
Llegué al pie de la montaña iluminada,
Y me volví montaña.

Penetré la luz hasta su mismo corazón,
Al tiempo que la luz se adueñaba de mí:
¡milagrosa con-fusión!

Se iluminaron mis ocultas entrañas
Y un fuego purificador me derretía;
En ese instante sublime, no sabía
Si yo era yo, o era la montaña.

Viví de pronto una expansión infinita
Y ya no cupe más en mí;
Algo se abultaba en mi vientre enardecido,
Pujando fuertemente por salir.

Fue entonces que mi alma estalló
En un infierno de fuego,
Liberándose del molde de mi cuerpo,
Elevándose rauda hacia el cielo.

Como siempre, después, siguió la calma;
Mis partículas, dispersas a merced del viento,
Liberada mi alma.

Publicado en ESCRITOS DE FINIS TERRAE, 2011, Colección Patagonia Contemporánea, Editorial Jornada, Chubut, Argentina.

domingo, 5 de abril de 2020

EN EL ATELIER

Ojalá pudiera lograr
Con ese corte transversal de tu rostro
Un asunto de altísima intelectualidad,
Para inquietar a los pensadores…

Ojalá pudiera lograr
Con ese corte cenital de tu frente
Un asunto de estética suprema,
Para inquietar a los artistas…

Ojalá pudiera lograr
Con ese corte horizontal de tu cráneo
Un asunto de honda sensibilidad,
Para inquietar a los poetas…

Ojalá pudiera lograr
Con ese corte sangrante de tu corazón,
Un asunto de extrema indiscreción,
Para inquietar mi alma…

Ojalá pudiera
Amarte, ganarte, perderte…
¡Y mantener la calma!

Publicado en ESCRITOS DE FINIS TERRAE, 2011, Colección Patagonia Contemporánea, Editorial Jornada, Chubut, Argentina.