domingo, 16 de agosto de 2026

La refundación del canto: apocalipsis, hibridación cultural y redención mito-poética en EL CANTO POSTERGADO de Lorenzo Strukelj


La refundación del canto: apocalipsis, hibridación cultural y redención mito-poética en El canto postergado de Lorenzo Strukelj

Por: Iñaki Artola


I. La arquitectura del colapso: del desierto de la lengua a la caída de las utopías

Toda cosmogonía exige un vacío previo. En El canto postergado (Un nuevo Génesis), el autor patagónico Lorenzo Strukelj no inicia su obra desde la nada idílica de las mitologías teológicas tradicionales, sino desde el residuo humeante de una civilización clausurada.

El Capítulo I se postula como un contra-Génesis: el mundo ya no es potencia divina, sino «una brasa» y las manos que intentan asirlo son «resecos papiros». Esta degradación de la materia se traslada de inmediato al lenguaje y al espíritu; la pérdida de la fe y de la calma funciona como el preámbulo de una noche absoluta que, «como boca de lobo», anula cualquier posibilidad de discernimiento estético o moral.

La mirada del autor sobre el paisaje urbano herido revela una fuerte impronta de la alienación contemporánea. Las urbes han perdido sus nombres, convirtiéndose en «bultos accidentales en un siniestro horizonte» donde la experiencia humana ha sido suplantada por el andar errante de «androides autómatas» y «homínidos monstruosos». Esta zombificación del tejido social no es un mero recurso de la literatura de ciencia ficción o del imaginario post-apocalíptico clásico, sino una metáfora existencial de la despersonalización. El sujeto ha sido vaciado de su historicidad: no hay familia, patria, dios, sueños ni mañana. La abolición del abecedario y la pérdida del número y la letra clausuran la posibilidad del diálogo, transformándolo en una «esquiva quimera».

Este colapso cultural inicial se complementa, en los Capítulos II y III, con una profunda denuncia a la corrupción de las estructuras de poder y a las falsas promesas colectivas.

La desaparición de las referencias geográficas ideales como Utopía o Shangri-La se atribuye directamente a los «discursos complacientes» que terminaron por asesinar a la libertad. El texto arremete contra la «santa cofradía del poder» y sus líderes «en silla de oro, más dormidos que despiertos», caracterizados por una soberbia ilimitada que tramita el descenso social de los pueblos.

Frente a la falacia de una «vana igualdad» impuesta por decreto —que el autor califica como una aberración típicamente humana («tamaña felonía») mediante el contraste con la naturaleza indómita donde el roble nunca quiso ser gramilla ni el gorrión paloma—, la voz lírica se sumerge en una profunda crisis. El yo poético experimenta la desintegración celular y física, el peso del exilio y el fracaso de haber mudado hasta de nombre sin lograr nada más que vacío.

El paisaje original del texto acompaña este martirio: el agua se congela hasta el mar, el aire se mastica con sabor putrefacto y los bosques se truecan en «montañas de fuego». Se trata de la noche oscura del alma colectiva, un juicio postrero dictado por las leyes naturales ante la «vil complicidad» del silencio y la distracción general.

 

II. La democratización de la ruina: hibridación cultural y postmodernidad

Es en el Capítulo IV donde la obra despliega su estrategia estética más audaz e interesante desde la perspectiva de la teoría literaria contemporánea: la hibridación cultural como eje ordenador del texto.

Si la postmodernidad se define, según autores como Fredric Jameson o Néstor García Canclini, por la caída de las fronteras entre la alta cultura burguesa y la cultura popular de masas, el poema opera como un laboratorio de esta disolución general. La ruina provocada por el colapso civilizatorio es profundamente democrática: destruye con la misma saña el canon europeo que las expresiones de la cultura popular e identitaria argentina.

El texto ejecuta un violento y fascinante ejercicio de desmitificación y nivelación. Por un lado, el patrimonio de la alta cultura es colonizado por la geografía cotidiana y la llanura doméstica: la Quinta de Beethoven queda reducida a «una chacra en Pilar», el Danubio azul de Strauss se disuelve y contamina en un «oscuro mar», Aquiles y la tortuga de Zenón huyen torpemente por una escalera, y el candil de Diógenes se apaga ante el grito histórico del cronista Pigafetta que denuncia el cierre del Estrecho.

Por otro lado, las industrias culturales y los íconos de la cultura de masas sufren una idéntica parálisis existencial: los pasquines de Míster Kane mienten, Andrés Calamaro no se escucha, Charly García implora por un sustituto en el trono del rock, Rodrigo Bueno cabalga hacia un cielo trágico y la Mona Jiménez viste de luto en la liturgia del cuarteto cordobés.

Esta colisión de referencias no busca la parodia banal, sino ilustrar un estado de total orfandad. La memoria cultural del sujeto postmoderno está hecha de fragmentos yuxtapuestos; en el inventario del desastre conviven el barroco europeo y el grito de la periferia urbana. Esta nivelación se manifiesta también en el plano del lenguaje, donde giros idiomáticos de la calle y el asfalto rioplatense como «no garpa», «mala leche» o «las putas naves» irrumpen sin pedir permiso en medio de versos de una elevada métrica o adjetivación lírica tradicional.

Un punto neurálgico de esta dinámica es la relectura contracultural de la célebre arenga de Billy Bond: «¡Rompan todo!». El poema sentencia que dicha consigna hoy «suena a nada / porque ya no hay qué romper». El autor comprende lúcidamente que la transgresión y la estética de la provocación propias de la modernidad tardía necesitaban de una institución o un sistema contra el cual chocar. En el vacío absoluto del post-apocalipsis, la rebeldía institucionalizada pierde su eficacia política y se transforma en un «Billy Bond de papel».

Cuando el orden ha desaparecido, la destrucción ya no es un acto revolucionario, sino una inercia estéril. El bueno, el feo y el malo cotizan al mismo precio en un mercado de valores humanos completamente devaluado.

 

III. La bisagra estética y el panteón de la resistencia

La salvación del sujeto y la reconstrucción de la realidad destruida no provienen de los viejos dogmas políticos ni de las ciencias deshumanizadas que operaron como leyes frías que relevaron la conciencia. El milagro se produce a través de la aparición de una figura femenina, la «Eva de un edén casi olvidado», que porta consigo un manojo de rosas amarillas y el alma liberada de culpa. Su presencia suspende el tiempo lineal y abre un «cielo nuevo, transparente».

En este preciso punto de inflexión del Capítulo IV, la tensión entre la alta cultura y lo popular encuentra su punto de conciliación y síntesis a través de una referencia musical precisa:

«Ni los sones de un lejano Libertango / lograrán que me distraiga en esta hora».

La invocación de Astor Piazzolla y su Libertango funciona como la bisagra estética de toda la obra. Piazzolla representa, por antonomasia en la música argentina, la transgresión que unificó el rigor técnico de la música académica europea con la herencia popular, pasional y nocturna del tango rioplatense. Al colocar esta obra como el telón de fondo del reencuentro amoroso, Strukelj propone que la reconstrucción del mundo debe realizarse desde esa misma frontera: una síntesis superadora que no reniega del pasado sino que lo resignifica.

A partir de allí, el panteón cultural convocado por el poema ya no se percibe como un conjunto de ruinas degradadas, sino como un ejército de inmortales destinados a resistir y vencer a la muerte y al pecado.

Bach, Vivaldi, Cervantes, con sus desvelos caballerescos y Borges —asimilado bellamente a un «raro y genial niño»— se yerguen como los pilares formales e intelectuales que le devuelven la estructura y el sentido a la existencia.

La palabra poética se redime; la cintura de la amada se transforma en un «poema inacabado» y las manos del creador vuelven a sostener el cincel con la urgencia del que sabe que el arte es el único antídoto contra la fútil nada.

 

IV. La transmutación geográfica y el triunfo del Eterno Retorno

Los Capítulos V y VI consolidan el "nuevo Génesis" mediante una audaz operación de reescritura histórica y transmutación espacial. En el Capítulo V, el amor opera de manera retroactiva sobre los horrores de la modernidad. Bajo la influencia sosegante de esta fuerza transformadora, la historia humana es corregida desde su mismo centro: los campos de Auschwitz se transforman en tierras de pastoreo, el Muro de Berlín desaparece, los genocidios de Armenia y Paraguay se diluyen, Ucrania recupera su condición de bucólica y fértil campiña y personajes totalitarios como Stalin e Hitler quedan reducidos a dos ancianos anónimos. Todos estos males y tragedias, que el autor denomina “tumores agnósticos” se borraron, sin dejar rastros ni consecuencias.

Esta utopía histórica postula un mundo fausto que recupera la inocencia original a través de la intensidad de los corazones puros.

El clímax de la obra se consuma en el Capítulo VI mediante una experiencia de corte místico y chamánico, donde el alma de la voz lírica estalla en un fuego purificador, se libera del molde corporal y se fusiona directamente con el territorio: «me volví montaña». Es aquí donde se produce el quiebre definitivo en la propuesta de Strukelj. La hostilidad climática, el frío lacerante, la estepa baldía y el mar helado y metálico inicial se transmutan súbitamente en un paisaje mediterráneo, luminoso y templado: un retorno al paraíso.

La voz poética despierta en la cotidianidad de un nuevo amanecer, tarareando Eiti Leda de Serú Girán —otra formidable referencia al rock local como banda sonora del espíritu—, acomodando un cuadro de Gauguin y abriendo las ventanas al aire azul de una nueva primavera.

La mirada se llena ahora con las «azules, voluptuosas, serranías» de la Alta Gracia de la Nueva Andalucía. Este desplazamiento geográfico posee una honda carga simbólica: pasa del espacio del castigo y el desierto lingüístico, a un nuevo paisaje en el que se consolida el refugio del renacimiento, en el territorio cincelado por un «dios artista» en el que el deseo logra por fin florecer.

El poema concluye abrazando la filosofía del eterno retorno a través de la metáfora del ciclo hidrológico. El agua que cae como lluvia generosa en la montaña, desciende por los arroyos saltarines, alimenta el río manso y se funde en el inmenso mar, para luego volver a evaporarse, encarna la «empresa de esa noria generosa en que giramos los eternos seres vivos».

La divinidad punitiva de Sodoma y Gomorra del inicio da paso a una trinidad armónica constituida por el Padre Eterno (la vida), la Madre Tierra (el sustento) y el Hijo (el amor redentor).

Al acoplar el alma aventurera y la científica razón en un dulce ensamble, Lorenzo Strukelj clausura la postergación de su canto. La palabra poética ha recuperado su potencia fundacional. Al comprender que la existencia es un ciclo perpetuo de vida, muerte, disfrutes y dolor, la humanidad aprende a vencer diariamente a la muerte, cantando con ardor ese canto postergado que ahora sabemos infinito, indestructible y destinado a volver siempre.

 

V. El retorno en espiral frente al círculo nietzscheano: la reescritura de la eternidad

Para comprender la verdadera dimensión mística de la noria que describe el autor en el cierre de su obra, es imperativo confrontar su noción del «eterno retorno» con la formulación filosófica germinal de Nietzsche.

A primera vista, la declaración final del poema —«los ciclos de los tiempos se repiten de esta suerte»— podría sugerir una adscripción al fatalismo cósmico del pensador alemán. Sin embargo, una lectura atenta revela una fractura ideológica y existencial insalvable entre ambos sistemas de pensamiento. La distinción es radical: mientras que el retorno nietzscheano se traza como un círculo plano e inmutable, el retorno de Strukelj se despliega como una espiral evolutiva y redentora.

El eterno retorno de Nietzsche, tal como se plantea en Así habló Zaratustra, constituye la prueba ética más despiadada para el ser humano. Exige el amor fati: la aceptación incondicional y literal de la historia en cada uno de sus infinitos detalles, sin alterar un solo ápice, tanto de sus puntos luminosos y placenteros como de su miseria, su dolor o su horror. No hay enmienda, no hay aprendizaje y, fundamentalmente, no hay esperanza; solo la afirmación heroica de un drama infinito.

Strukelj, cuya matriz de pensamiento está profundamente vertebrada por su formación clásica y teológica, subvierte este dogma pagano mediante una operación mitopoética de corte humanista y cristiano.

El retorno en El canto postergado no acepta la historia sin importar su naturaleza; por el contrario, la somete a un juicio estético y moral que la purifica. El Capítulo V del poema es la antítesis perfecta del amor fati nietzscheano: el texto ejecuta un borrado retroactivo de las mayores aberraciones de la modernidad. Al dictaminar que Auschwitz es tierra de pastoreo o que Hitler y Stalin fueron extirpados de la memoria antes de nacer, el autor nos advierte que el mal no posee estatuto ontológico eterno; es una contingencia histórica susceptible de ser disuelta por la fuerza transformadora del amor.

Esta distinción entre el círculo y la espiral se corporiza de manera brillante en la alegoría hidrológica que clausura el texto. La «noria generosa» de Strukelj no es un engranaje mecánico que tritura el tiempo siempre igual. El agua que desciende de la montaña, serpentea por el río y descansa en el mar eterno, es evaporada por el sol matinal en un proceso de constante destilación. Al evaporarse, el agua se limpia de las toxinas de la tierra para volver a regar la cumbre. Hay allí una transmutación, una purificación que hereda los aprendizajes del ciclo anterior para ascender hacia un plano superior de la conciencia.

Cada giro en la propuesta cíclica de Strukelj representa una superación. El ser humano no repite su caída de manera automática; se levanta con la «bandera de la fe de los conversos» e intenta una «experiencia renovada» logrando así «romper el hechizo».

Ese hechizo que el poema busca quebrar es, precisamente, la fijeza fatal del círculo concéntrico. Al elevar la línea del tiempo hacia una espiral ascendente, la obra transforma el mito del eterno retorno en un canto de victoria cotidiana. La fuerza de la palabra y el amor, le ganan la batalla definitiva a la muerte en cada nuevo amanecer.

 

VI. El quiasmo sagrado: la inversión del orden bíblico

Existe, finalmente, una paradoja estructural que termina de consolidar la audacia de El canto postergado frente al canon de la literatura occidental: su perfecta inversión del orden teleológico de las Sagradas Escrituras.

Mientras que la Biblia judeocristiana traza una línea temporal que se inaugura con el orden y la luz del Génesis para clausurarse con el terror purificador y el juicio del Apocalipsis, la obra de Lorenzo Strukelj opera como un espejo invertido de este recorrido. El poema se propone como un quiasmo sagrado: no va del Edén a la destrucción, sino que emerge de las cenizas del Apocalipsis para refundar, en su última estación, un Nuevo Génesis.

Esta decisión estructural altera profundamente el sentido del mito de la Caída. En el relato bíblico tradicional, la humanidad es expulsada del paraíso hacia el desierto de la historia, que culmina con el juicio postrero. En la arquitectura de Strukelj, en cambio, el castigo ya ha acontecido en el Capítulo I; la sociedad ya habita el residuo de Sodoma y Gomorra y ya padece las plagas de un infierno autoinfligido. Al colocar el desastre al inicio, el autor arrebata al Apocalipsis su carácter de punto final y lo transforma en el suelo indispensable desde donde comenzar a sembrar.

Al invertir la cronología sagrada, Strukelj nos entrega una tesis teológica profundamente humanista: el Apocalipsis no es el destino definitivo de la creación, sino la crisis necesaria que la conciencia debe atravesar para, finalmente, escribir su propio e incesante renacimiento.

jueves, 30 de noviembre de 2023

EL CANTO POSTERGADO - Un nuevo Génesis

 I


Tuve en el pasado, el mundo en mi palma;

un mundo que hoy, ya no es más que una brasa

y las palmas de mis manos, dos resecos papiros…

…sin mencionar el alma,

que ha perdido la fe, que ha perdido la calma.

 

La noche se hizo negra como boca de lobo;

el resplandor del día lastima los ojos

para tornar al negro en sólo algunas horas

y otra vez al fuego, el día después.

 

Las ciudades, devastadas, ya no tienen nombre,

ni siquiera son ciudades, en verdad;

bultos accidentales en un siniestro horizonte,

poblados por androides autómatas, deformes.

 

Homínidos monstruosos de incierta procedencia,

despersonalizados, idénticos, errantes,

vagan por las calles con la mirada hueca,

cual zombis hacia un punto que tienen adelante.

 

Ignoran sus nombres, con nadie conviven.

Los yermos, vacuos, vientres, alguna vez fecundos,

apenas sobreviven, inútiles y vanos.

Nadie sabe quién es, nadie sabe su origen,

nadie tiene familia,

ya nadie lee ni escribe,

nadie tiene patria, nadie tiene dios

ni sueños ni futuro ni ayer ni, menos, hoy.

 

Las bestias errantes deambulan babeando,

disputando el espacio a los otrora humanos.

Se comen mutuamente:

las bestias a los hombres,

los hombres a las bestias,

los hombres unos a otros,

las bestias entre sí.

No existe ya la ley, no hay orden ni sentido;

todo, pero todo, ¡todo! se ha perdido.

Todo huele mal, todo está podrido.

 

Se olvidó el abecedario, no hay números ni letras,

tampoco un argumento para ensayar un acuerdo;

el diálogo se ha vuelto una esquiva quimera.

Los líderes malditos a esta hora ya están muertos

o son estatuas de sal o piras de ardiente fuego.

Como en Sodoma y Gomorra,

como en las plagas de Egipto,

obtuvieron cruel castigo por ser padres de este infierno.

 

El río sigue helado, la laguna escarchada,

el lago, puro hielo y congelado el mar;

el mar azul, eterno, metálico y distante,

la laguna barrosa, vacua y temporal.

 

Los bosques se han trocado en montañas de fuego,

inmensas parvas de humo, letal, pestilente, negro.

El aire no se respira; se lo debe masticar;

con su sabor putrefacto,

que corrompe los pulmones y lacera el paladar.

 

Ya no nos despierta el sol, sino una llama escarlata

que con su potencia hirviente y con su misión letal

se ha convertido en un arma que con hierro y fuego mata

produciendo quemaduras vastas, crueles y profundas,

en el cuerpo y en el alma y en el punto en que se aúnan.

 

Otrora cuerpo animado,

otrora alma encarnada,

pura ilusión inasible,

hoy se funden en la nada.

 

Las aves sobrevuelan, oscuras, amenazantes,

arrancando los ojos a los desprevenidos.

De todos modos creo que nada hay para ver

y todo lo que queda no vale ni un olvido,

ni un mañana perdido, ni un miserable ayer.

 

Las flores, que alegraron por siglos el planeta

se trocaron en arbustos rastreros, espinosos;

los huertos seculares, en baba y en estiércol

y en barro repulsivo, espeso y gelatinoso.

 

Se levantaron voces, insistentes, tiempo atrás,

cuando el caos se engendraba,

clamando contra el albur de esta gran fatalidad

que, a golpe de martillo y a fuerza de ignorancia,

despojo y mala leche, se convirtió en verdad.

 

Los líderes lo tildaron

de embuste, enredo y patraña

y el pueblo se adormiló;

no hubo épica ni hazaña.

 

Lo primero que atacaron duramente, sin piedad,

fue la incipiente justicia; después siguió la verdad

y ni trazas nos dejaron

de la ansiada libertad.


Cuando no hay razón humana, sobreviene la equidad

 impartida por los dioses y por la ley natural.

Así, fuimos condenados en ese juicio postrero;

todos estamos pagando nuestra vil complicidad:

cómplices en la acción,

cómplices de omisión,

cómplices del silencio y

de la burda distracción;

triquiñuelas del engaño y el olvido

en diabólico complot.

 

Y hoy

todos pagamos la pena

de un fallo que no está escrito.

Dictada por las leyes naturales la condena,

sin solemnidad ni rito;

impuesta por inferencia…

¡Vive la liberté!, ¡Viva la ciencia

que hace las veces de ley, que releva la conciencia!

 

El tiempo cruel del porvenir se ha desatado,

la eternidad mortificante así comienza.

Tan sólo nos quedaron el duro horror y el miedo,

la torturante nada y la vigilia tensa.

 

II

Sueño con convertirme

en un animal alado

y alejarme raudamente

de este suelo envenenado.

 

Las lágrimas de arena de mis ojos

se mezclan con el aire y con el viento,

caminan por el cosmos a su antojo

y regresan a mi tálamo sediento.

 

A nadie rindo cuentas, pero eso ya lo sabes;

las cuentas que yo cuento contienen dos finales

y siempre suman tantos, tantos y tantos males

que decidí, por fin, quemar todas las naves.

 

Mis días de prisión los he olvidado

o bien, marcharon solos al olvido;

camino como en sueños sumergido

en una febril pasión que ya es pasado.

 

Camino por ciudades que no saben

de calles, de números ni nombres;

sobreviven sin luces, sin detalles

que puedan sugerir lo que se esconde.

 

El hambre me persigue ya sin tregua,

la sed es parte de mi triste vida;

mi cuerpo ya me pesa en demasía

y hasta el último hueso se me quiebra.

 

Y sigo así, buscando, con afán desmesurado,

por ver si aprendo un arte para sobrevivir;

me roban con descaro la guía del usuario

y aunque pregunte y ruegue, nadie se fija en mí.

 

Pero sigo adelante en mi derrota,

pero sigo avanzando en mi suicidio,

cargando con el lastre del exilio,

arrastrando los pedazos de alma rota.

 

Soñé con una aurora esperanzada,

soñé con lo que sueña todo hombre;

mudé de parecer, cambié de nombre

y, muy a mi pesar, no logré nada.

 

Tan sólo más vacío y más angustia,

más deudas, más temores, más ataques

que se suman al total de mis achaques

y que ahogan el fluir de mi alma mustia.

 

¿Es éste mi castigo, Señor mío,

o es sólo insinuación del verdadero

castigo que se acerca, venidero,

colmado de penas y de hastío?

 

La copa ya está llena, me parece,

y habrá que detener ya tanta saña;

tú sabes que no soy de tal calaña,

mas mi reclamo - ¿por qué? - no te estremece.

 

Apiádate, Señor, hagamos una pausa,

porque esta sinrazón y sinsentido

nos lleva sólo al círculo prohibido

que merece el afán de mejor causa.

 

Mis células se encuentran disgregadas;

quisiera continuar, pero no puedo

y este dolor infinito no lo borra

ni una fragua candente ni el más ardiente anhelo.

 

III

Gris tristeza de una tarde

sembrada de calaveras,

¡incomunicación re cruel!

¡suplicio peor que el hambre!

…en la playa triste y gris

yace ahora otro cadáver.

 

¿Y cuándo murió Utopía?

¿Dónde quedó Shangri-La?

Los discursos complacientes

mataron la libertad.

 

Y así estamos intentando

beber sin embriagarnos,

correr sin tropezarnos,

morir sin condenarnos…

para, al fin, resucitar

y volver a comenzar.

 

Descreo de los todopoderosos,

Creadores de los odios y la infamia,

Que explotando nuestra frágil ignorancia

conciben mil intrigas y patrañas.

 

Que fueron coronados con engaños,

Que invadieron jurisdicción extraña,

Que ascendieron sin esfuerzo la montaña

Renunciando sin razón, sin medir daños.

 

Nos tramitan el descenso a los infiernos,

en silla de oro, más dormidos que despiertos,

juzgando en su soberbia ilimitada

a los vivos, los heridos y los muertos.

 

Descreo de la santa cofradía del poder,

del espíritu de falsa comunión,

del perdón, que se exige y no se da,

de una prometida, falaz, resurrección.

 

Confundieron el amor con una vana igualdad;

inventaron mil mentiras, persiguieron a inocentes

e igualaron en el odio, despreciando la verdad.

 

Y es que la liviana rosa nunca quiso ser laurel,

el robusto y prócer roble nunca quiso ser gramilla,

el gorrión, escurridizo, nunca quiso ser paloma

ni la abeja laboriosa quiso jamás ser avispa;

ni la mañana, el ocaso

ni la noche el mediodía;

sólo el humano se atreve

a tamaña felonía.

 

Se cuestionará el humano

cómo se plasmó el hechizo

de abrazar un cruento infierno

desechando el paraíso.

 

IV

Y entonces apareces de improviso

cual Eva de un edén casi olvidado

que, empero, regenera mis recuerdos,

revive en mis entrañas el pasado…

 

La casita del hornero

ya no tiene alcoba, ya no tiene sala…

yace en suelo yermo y gris,

rota, desintegrada.

 

Despierta al ruiseñor herido

Que habita en aquella rama,

Y no mates a la alondra

Que aún gorjea en tu ventana.

 

Aquiles y la tortuga van

huyendo por la escalera,

no alcanzan las aguas del mar

ni la greda de la tierra

para ocultar el fracaso

de morir en vana espera.

 

Diógenes perdió el candil,

su búsqueda se ha abortado

al grito de Pigafetta:

¡el Estrecho, está cerrado!

 

Cotizan al mismo precio

El bueno, el feo y el malo;

miente en sus pasquines diarios

míster Kane, el ciudadano.

 

Ya la quinta de Beethoven

es una chacra en Pilar,

el Danubio azul no existe,

disuelto en oscuro mar.

 

No garpa la arenga inútil

de un Billy Bond de papel;

“¡Rompan todo!” suena a nada

porque ya no hay qué romper.

 

No se escucha a Calamaro,

Charly implora un sustituto,

El Potro marcha hacia el cielo

y La Mona está de luto.

 

Hoy nos duelen las matanzas

de La Matanza y Rosario;

los jóvenes soldaditos

y los sangrientos sicarios;

ni Beirut ni los Balcanes

nos causaron tantos males

ni pérdidas de esperanza.

 

Pero entonces apareces de improviso

como la Eva de un edén casi olvidado,

con un manojo de rosas amarillas,

con el alma liberada del pecado.

 

Me miras y me estalla el pecho ansioso,

la gracia de tu gesto me devora,

ni los sones de un lejano Libertango

lograrán que me distraiga en esta hora.

 

Se nos abre un cielo nuevo, transparente,

se insinúan nuevos días más brillantes,

el pasado se diluye de repente

y ya nada volverá a ser como antes.

 

Vivaldi, Bach y el canto postergado,

Cervantes con sus sueños y desvelos

y Borges, ese raro y genial niño,

¿podrán vencer la muerte y el pecado?

 

Y no me digas que la historia nos embreta

porque pienso todo el tiempo en liberarme;

las cosas que aún me duelen y me inquietan

morirán con la caída de la tarde.

 

Tu cintura es un poema inacabado

de destellos fulgurantes y tersura

y el cincel, todo temblor entre mis manos,

un anhelo febril y una locura.

 

Tu voz sutil que vuela en un suspiro,

me exige permanencia aquí a tu lado

y entonces callo, gozo, tiento y miro,

tan lúcido y feliz como ajeno, hipnotizado.

 

Un cielo azul explota en la mañana

de la campiña que con la brisa danza;

el mismo cielo que estalla en nuestras almas

e insufla vida nueva y un rayo de esperanza.

 

Y aquí nos encontramos como actores

novatos en el rol de Adán y Eva

con la bandera de la fe de los conversos,

con la esperanza de los justos y los buenos,

para ver si rompemos el hechizo

intentando una experiencia renovada

que nos conduzca, finalmente, al paraíso

y no a esta fútil, desesperante nada.

 

V

Mas la existencia del hombre

es una tendencia al Ser,

es un negar el olvido:

“ser hombre es tender a Dios”.

 

La aurora ha regresado dulce y calma,

la vida ha vuelto a un mundo que despierta;

la justa redención que fue tu encuentro

nos reescribió la historia y la existencia.

 

Su atemporal pujanza trocó la realidad

¡qué gran revolución, un simple encuentro!

Revivida en su luz la humanidad,

la tierra transformada desde el centro.

 

¡Qué química la fuerza del amor

que todo lo transforma y apacigua!

sin límites de espacio ni de tiempo,

sin linde, sin orilla, sin dolor.

 

El muro de Berlín jamás se ha levantado

Armenia y Paraguay… ¿quién dijo genocidio?

los campos de Auschwitz son de estricto pastoreo

Stalin y Hitler son dos anónimos viejitos.

 

Esos viejitos anónimos

y esos tumores agnósticos,

- jamás un hecho real en nuestra historia -

antes de nacer, ya fueron extirpados,

desterrados sin llegar a la memoria.

 

Ucrania es sólo bella, bucólica campiña.

Jesús apenas fue un maestro iluminado

y no aquel Cristo que sufriera la pasión.

Carece de sentido implorar la redención

de un mundo fausto que jamás cayó en pecado.

 

Los inocentes, puros, virginales corazones

hicieron cumbre al fin en el cerro de la gloria

transformando para siempre el canto postergado

con honda intensidad, en canto de victoria.

 

VI

Por el camino del chamán

llegué al pie de la montaña iluminada;

y me volví montaña.

……

Fue entonces que mi alma estalló

en un infierno de fuego

liberándose del molde de mi cuerpo,

elevándose rauda hacia el cielo.

 

Amanecen mis ojos y respiro

una paz, una calma insospechada...

caliento mi café tarareando el Eiti Leda,

me quito mi pijama de satin

y enderezo mi cuadro de Gauguin,

mientras se cuelan por mis ojos, camino de mi pecho,

las azules, voluptuosas, serranías

por un dios artista bellamente delineadas

-por ese mismo Dios, sabiamente cinceladas-

de la Alta Gracia de la Nueva Andalucía.

 

Apagado ya el hogar de los inviernos,

abro las ventanas al balcón,

-aire azul de una nueva primavera-

prodigando, sin dudar, mi corazón

celebrando este novel renacimiento

con efluvios que festejan, perfumados,

al alma aventurera y la científica razón.

 

Logra el deseo un generoso florecer

apacentando en dulce ensamble las dos fuerzas,

y un ejército de bondadosas hadas,

diligentes, sobrevuelan mi morada

y sobre el cosmos infinito se dispersan.

 

Un nuevo Génesis se escribe en hojas nuevas,

el génesis de un gran Renacimiento;

no es el de Michelet ni el de Vasari:

es más del alma que del intelecto.

 

¡Cantemos el Cantar de los Cantares!

¡cantemos al Amor de los Amores!

saboreemos esta nueva primavera

que nos trae mil aromas y sabores,

que nos libra de tristezas y de males,

que promete convertirse en duradera.

 

Cayó una lluvia generosa en la montaña,

descienden los arroyos saltarines la ladera,

el río manso, demorado, serpentea

hasta fundirse en la laguna inacabable

del mar inmenso que sueña con la tarde.

 

Pero el tibio sol, feliz, de la mañana

hará milagros con la magia del calor

y el ancho mar será una fábrica de nubes

que irrigarán, generosas, las montañas

haciendo descender los arroyos saltarines

y serpentear el manso río, demorado,

hasta fundirse en la laguna inacabable

del fértil mar, eterno, inexplorado.

 

Esta es la empresa de esa noria generosa

en que giramos los eternos seres vivos

a veces de pasión y amor cautivos,

y a veces de odios, matanzas y derrotas.

 

El Padre Eterno nos donó la vida misma,

la Madre Tierra nos contiene y alimenta

el Hijo dio la prueba máxima de Amor…

Y en ese ciclo perpetuo, interminable

de vida, muerte, disfrutes y dolor,

repetimos sin cansancio el incesante renacer

y cantamos con ardor el canto postergado

que ya no tendrá fin y que siempre ha de volver.

 

Los ciclos de los tiempos se repiten de esta suerte

y cada nuevo día vencemos a la muerte.