domingo, 16 de agosto de 2026

La refundación del canto: apocalipsis, hibridación cultural y redención mito-poética en EL CANTO POSTERGADO de Lorenzo Strukelj


La refundación del canto: apocalipsis, hibridación cultural y redención mito-poética en El canto postergado de Lorenzo Strukelj

Por: Iñaki Artola


I. La arquitectura del colapso: del desierto de la lengua a la caída de las utopías

Toda cosmogonía exige un vacío previo. En El canto postergado (Un nuevo Génesis), el autor patagónico Lorenzo Strukelj no inicia su obra desde la nada idílica de las mitologías teológicas tradicionales, sino desde el residuo humeante de una civilización clausurada.

El Capítulo I se postula como un contra-Génesis: el mundo ya no es potencia divina, sino «una brasa» y las manos que intentan asirlo son «resecos papiros». Esta degradación de la materia se traslada de inmediato al lenguaje y al espíritu; la pérdida de la fe y de la calma funciona como el preámbulo de una noche absoluta que, «como boca de lobo», anula cualquier posibilidad de discernimiento estético o moral.

La mirada del autor sobre el paisaje urbano herido revela una fuerte impronta de la alienación contemporánea. Las urbes han perdido sus nombres, convirtiéndose en «bultos accidentales en un siniestro horizonte» donde la experiencia humana ha sido suplantada por el andar errante de «androides autómatas» y «homínidos monstruosos». Esta zombificación del tejido social no es un mero recurso de la literatura de ciencia ficción o del imaginario post-apocalíptico clásico, sino una metáfora existencial de la despersonalización. El sujeto ha sido vaciado de su historicidad: no hay familia, patria, dios, sueños ni mañana. La abolición del abecedario y la pérdida del número y la letra clausuran la posibilidad del diálogo, transformándolo en una «esquiva quimera».

Este colapso cultural inicial se complementa, en los Capítulos II y III, con una profunda denuncia a la corrupción de las estructuras de poder y a las falsas promesas colectivas.

La desaparición de las referencias geográficas ideales como Utopía o Shangri-La se atribuye directamente a los «discursos complacientes» que terminaron por asesinar a la libertad. El texto arremete contra la «santa cofradía del poder» y sus líderes «en silla de oro, más dormidos que despiertos», caracterizados por una soberbia ilimitada que tramita el descenso social de los pueblos.

Frente a la falacia de una «vana igualdad» impuesta por decreto —que el autor califica como una aberración típicamente humana («tamaña felonía») mediante el contraste con la naturaleza indómita donde el roble nunca quiso ser gramilla ni el gorrión paloma—, la voz lírica se sumerge en una profunda crisis. El yo poético experimenta la desintegración celular y física, el peso del exilio y el fracaso de haber mudado hasta de nombre sin lograr nada más que vacío.

El paisaje original del texto acompaña este martirio: el agua se congela hasta el mar, el aire se mastica con sabor putrefacto y los bosques se truecan en «montañas de fuego». Se trata de la noche oscura del alma colectiva, un juicio postrero dictado por las leyes naturales ante la «vil complicidad» del silencio y la distracción general.

 

II. La democratización de la ruina: hibridación cultural y postmodernidad

Es en el Capítulo IV donde la obra despliega su estrategia estética más audaz e interesante desde la perspectiva de la teoría literaria contemporánea: la hibridación cultural como eje ordenador del texto.

Si la postmodernidad se define, según autores como Fredric Jameson o Néstor García Canclini, por la caída de las fronteras entre la alta cultura burguesa y la cultura popular de masas, el poema opera como un laboratorio de esta disolución general. La ruina provocada por el colapso civilizatorio es profundamente democrática: destruye con la misma saña el canon europeo que las expresiones de la cultura popular e identitaria argentina.

El texto ejecuta un violento y fascinante ejercicio de desmitificación y nivelación. Por un lado, el patrimonio de la alta cultura es colonizado por la geografía cotidiana y la llanura doméstica: la Quinta de Beethoven queda reducida a «una chacra en Pilar», el Danubio azul de Strauss se disuelve y contamina en un «oscuro mar», Aquiles y la tortuga de Zenón huyen torpemente por una escalera, y el candil de Diógenes se apaga ante el grito histórico del cronista Pigafetta que denuncia el cierre del Estrecho.

Por otro lado, las industrias culturales y los íconos de la cultura de masas sufren una idéntica parálisis existencial: los pasquines de Míster Kane mienten, Andrés Calamaro no se escucha, Charly García implora por un sustituto en el trono del rock, Rodrigo Bueno cabalga hacia un cielo trágico y la Mona Jiménez viste de luto en la liturgia del cuarteto cordobés.

Esta colisión de referencias no busca la parodia banal, sino ilustrar un estado de total orfandad. La memoria cultural del sujeto postmoderno está hecha de fragmentos yuxtapuestos; en el inventario del desastre conviven el barroco europeo y el grito de la periferia urbana. Esta nivelación se manifiesta también en el plano del lenguaje, donde giros idiomáticos de la calle y el asfalto rioplatense como «no garpa», «mala leche» o «las putas naves» irrumpen sin pedir permiso en medio de versos de una elevada métrica o adjetivación lírica tradicional.

Un punto neurálgico de esta dinámica es la relectura contracultural de la célebre arenga de Billy Bond: «¡Rompan todo!». El poema sentencia que dicha consigna hoy «suena a nada / porque ya no hay qué romper». El autor comprende lúcidamente que la transgresión y la estética de la provocación propias de la modernidad tardía necesitaban de una institución o un sistema contra el cual chocar. En el vacío absoluto del post-apocalipsis, la rebeldía institucionalizada pierde su eficacia política y se transforma en un «Billy Bond de papel».

Cuando el orden ha desaparecido, la destrucción ya no es un acto revolucionario, sino una inercia estéril. El bueno, el feo y el malo cotizan al mismo precio en un mercado de valores humanos completamente devaluado.

 

III. La bisagra estética y el panteón de la resistencia

La salvación del sujeto y la reconstrucción de la realidad destruida no provienen de los viejos dogmas políticos ni de las ciencias deshumanizadas que operaron como leyes frías que relevaron la conciencia. El milagro se produce a través de la aparición de una figura femenina, la «Eva de un edén casi olvidado», que porta consigo un manojo de rosas amarillas y el alma liberada de culpa. Su presencia suspende el tiempo lineal y abre un «cielo nuevo, transparente».

En este preciso punto de inflexión del Capítulo IV, la tensión entre la alta cultura y lo popular encuentra su punto de conciliación y síntesis a través de una referencia musical precisa:

«Ni los sones de un lejano Libertango / lograrán que me distraiga en esta hora».

La invocación de Astor Piazzolla y su Libertango funciona como la bisagra estética de toda la obra. Piazzolla representa, por antonomasia en la música argentina, la transgresión que unificó el rigor técnico de la música académica europea con la herencia popular, pasional y nocturna del tango rioplatense. Al colocar esta obra como el telón de fondo del reencuentro amoroso, Strukelj propone que la reconstrucción del mundo debe realizarse desde esa misma frontera: una síntesis superadora que no reniega del pasado sino que lo resignifica.

A partir de allí, el panteón cultural convocado por el poema ya no se percibe como un conjunto de ruinas degradadas, sino como un ejército de inmortales destinados a resistir y vencer a la muerte y al pecado.

Bach, Vivaldi, Cervantes, con sus desvelos caballerescos y Borges —asimilado bellamente a un «raro y genial niño»— se yerguen como los pilares formales e intelectuales que le devuelven la estructura y el sentido a la existencia.

La palabra poética se redime; la cintura de la amada se transforma en un «poema inacabado» y las manos del creador vuelven a sostener el cincel con la urgencia del que sabe que el arte es el único antídoto contra la fútil nada.

 

IV. La transmutación geográfica y el triunfo del Eterno Retorno

Los Capítulos V y VI consolidan el "nuevo Génesis" mediante una audaz operación de reescritura histórica y transmutación espacial. En el Capítulo V, el amor opera de manera retroactiva sobre los horrores de la modernidad. Bajo la influencia sosegante de esta fuerza transformadora, la historia humana es corregida desde su mismo centro: los campos de Auschwitz se transforman en tierras de pastoreo, el Muro de Berlín desaparece, los genocidios de Armenia y Paraguay se diluyen, Ucrania recupera su condición de bucólica y fértil campiña y personajes totalitarios como Stalin e Hitler quedan reducidos a dos ancianos anónimos. Todos estos males y tragedias, que el autor denomina “tumores agnósticos” se borraron, sin dejar rastros ni consecuencias.

Esta utopía histórica postula un mundo fausto que recupera la inocencia original a través de la intensidad de los corazones puros.

El clímax de la obra se consuma en el Capítulo VI mediante una experiencia de corte místico y chamánico, donde el alma de la voz lírica estalla en un fuego purificador, se libera del molde corporal y se fusiona directamente con el territorio: «me volví montaña». Es aquí donde se produce el quiebre definitivo en la propuesta de Strukelj. La hostilidad climática, el frío lacerante, la estepa baldía y el mar helado y metálico inicial se transmutan súbitamente en un paisaje mediterráneo, luminoso y templado: un retorno al paraíso.

La voz poética despierta en la cotidianidad de un nuevo amanecer, tarareando Eiti Leda de Serú Girán —otra formidable referencia al rock local como banda sonora del espíritu—, acomodando un cuadro de Gauguin y abriendo las ventanas al aire azul de una nueva primavera.

La mirada se llena ahora con las «azules, voluptuosas, serranías» de la Alta Gracia de la Nueva Andalucía. Este desplazamiento geográfico posee una honda carga simbólica: pasa del espacio del castigo y el desierto lingüístico, a un nuevo paisaje en el que se consolida el refugio del renacimiento, en el territorio cincelado por un «dios artista» en el que el deseo logra por fin florecer.

El poema concluye abrazando la filosofía del eterno retorno a través de la metáfora del ciclo hidrológico. El agua que cae como lluvia generosa en la montaña, desciende por los arroyos saltarines, alimenta el río manso y se funde en el inmenso mar, para luego volver a evaporarse, encarna la «empresa de esa noria generosa en que giramos los eternos seres vivos».

La divinidad punitiva de Sodoma y Gomorra del inicio da paso a una trinidad armónica constituida por el Padre Eterno (la vida), la Madre Tierra (el sustento) y el Hijo (el amor redentor).

Al acoplar el alma aventurera y la científica razón en un dulce ensamble, Lorenzo Strukelj clausura la postergación de su canto. La palabra poética ha recuperado su potencia fundacional. Al comprender que la existencia es un ciclo perpetuo de vida, muerte, disfrutes y dolor, la humanidad aprende a vencer diariamente a la muerte, cantando con ardor ese canto postergado que ahora sabemos infinito, indestructible y destinado a volver siempre.

 

V. El retorno en espiral frente al círculo nietzscheano: la reescritura de la eternidad

Para comprender la verdadera dimensión mística de la noria que describe el autor en el cierre de su obra, es imperativo confrontar su noción del «eterno retorno» con la formulación filosófica germinal de Nietzsche.

A primera vista, la declaración final del poema —«los ciclos de los tiempos se repiten de esta suerte»— podría sugerir una adscripción al fatalismo cósmico del pensador alemán. Sin embargo, una lectura atenta revela una fractura ideológica y existencial insalvable entre ambos sistemas de pensamiento. La distinción es radical: mientras que el retorno nietzscheano se traza como un círculo plano e inmutable, el retorno de Strukelj se despliega como una espiral evolutiva y redentora.

El eterno retorno de Nietzsche, tal como se plantea en Así habló Zaratustra, constituye la prueba ética más despiadada para el ser humano. Exige el amor fati: la aceptación incondicional y literal de la historia en cada uno de sus infinitos detalles, sin alterar un solo ápice, tanto de sus puntos luminosos y placenteros como de su miseria, su dolor o su horror. No hay enmienda, no hay aprendizaje y, fundamentalmente, no hay esperanza; solo la afirmación heroica de un drama infinito.

Strukelj, cuya matriz de pensamiento está profundamente vertebrada por su formación clásica y teológica, subvierte este dogma pagano mediante una operación mitopoética de corte humanista y cristiano.

El retorno en El canto postergado no acepta la historia sin importar su naturaleza; por el contrario, la somete a un juicio estético y moral que la purifica. El Capítulo V del poema es la antítesis perfecta del amor fati nietzscheano: el texto ejecuta un borrado retroactivo de las mayores aberraciones de la modernidad. Al dictaminar que Auschwitz es tierra de pastoreo o que Hitler y Stalin fueron extirpados de la memoria antes de nacer, el autor nos advierte que el mal no posee estatuto ontológico eterno; es una contingencia histórica susceptible de ser disuelta por la fuerza transformadora del amor.

Esta distinción entre el círculo y la espiral se corporiza de manera brillante en la alegoría hidrológica que clausura el texto. La «noria generosa» de Strukelj no es un engranaje mecánico que tritura el tiempo siempre igual. El agua que desciende de la montaña, serpentea por el río y descansa en el mar eterno, es evaporada por el sol matinal en un proceso de constante destilación. Al evaporarse, el agua se limpia de las toxinas de la tierra para volver a regar la cumbre. Hay allí una transmutación, una purificación que hereda los aprendizajes del ciclo anterior para ascender hacia un plano superior de la conciencia.

Cada giro en la propuesta cíclica de Strukelj representa una superación. El ser humano no repite su caída de manera automática; se levanta con la «bandera de la fe de los conversos» e intenta una «experiencia renovada» logrando así «romper el hechizo».

Ese hechizo que el poema busca quebrar es, precisamente, la fijeza fatal del círculo concéntrico. Al elevar la línea del tiempo hacia una espiral ascendente, la obra transforma el mito del eterno retorno en un canto de victoria cotidiana. La fuerza de la palabra y el amor, le ganan la batalla definitiva a la muerte en cada nuevo amanecer.

 

VI. El quiasmo sagrado: la inversión del orden bíblico

Existe, finalmente, una paradoja estructural que termina de consolidar la audacia de El canto postergado frente al canon de la literatura occidental: su perfecta inversión del orden teleológico de las Sagradas Escrituras.

Mientras que la Biblia judeocristiana traza una línea temporal que se inaugura con el orden y la luz del Génesis para clausurarse con el terror purificador y el juicio del Apocalipsis, la obra de Lorenzo Strukelj opera como un espejo invertido de este recorrido. El poema se propone como un quiasmo sagrado: no va del Edén a la destrucción, sino que emerge de las cenizas del Apocalipsis para refundar, en su última estación, un Nuevo Génesis.

Esta decisión estructural altera profundamente el sentido del mito de la Caída. En el relato bíblico tradicional, la humanidad es expulsada del paraíso hacia el desierto de la historia, que culmina con el juicio postrero. En la arquitectura de Strukelj, en cambio, el castigo ya ha acontecido en el Capítulo I; la sociedad ya habita el residuo de Sodoma y Gomorra y ya padece las plagas de un infierno autoinfligido. Al colocar el desastre al inicio, el autor arrebata al Apocalipsis su carácter de punto final y lo transforma en el suelo indispensable desde donde comenzar a sembrar.

Al invertir la cronología sagrada, Strukelj nos entrega una tesis teológica profundamente humanista: el Apocalipsis no es el destino definitivo de la creación, sino la crisis necesaria que la conciencia debe atravesar para, finalmente, escribir su propio e incesante renacimiento.